Por Lic. Adriana Sandro*
Reflexionar sobre la recuperación de lo sagrado femenino es una invitación a honrar una dimensión ancestral que ha sido relegada a la sombra. Este viaje no es hacia algo externo, sino hacia dentro: un redescubrimiento íntimo y personal de aquello que ha vivido dormido en el alma. Y en ese regreso, cada mujer encuentra su propia manera de decir “aquí estoy”, entera, cíclica, sagrada.
"Se trata de recuperar lo sagrado: como aquello que honra lo vivo, lo cíclico, lo íntimo. Implica restaurar respeto por la conexión cuerpo alma, por la intuición, por la memoria del linaje. Es un camino de cuidado y de verdad, que no siempre es fácil. Requiere de paciencia, tiempo y sobre todo, compromiso", explica la Lic. Elizabeth Schulz, sexóloga clínica, presidenta de la Federación Sexológica Argentina y directora del Instituto Carmenta de Psicología y Sexualidad Femenina.
Tiempos antiguos que pudimos trascender
En tiempos antiguos, la relación de las mujeres con lo sagrado femenino era parte integral de la vida cotidiana. Esta conexión no era una práctica aislada, sino una forma de habitar el mundo: la naturaleza, el cuerpo, la maternidad, la sangre y el deseo eran expresiones legítimas de lo divino. Sin embargo, con el avance de ciertas estructuras sociales y religiosas, esta sabiduría ancestral comenzó a diluirse y a ser relegada a los márgenes.
La época victoriana
Uno de los momentos más determinantes fue la época victoriana, que impuso una visión restrictiva sobre la expresión femenina. Se promovió un ideal de mujer "correcta" y "respetable", encorsetada en los valores de pureza, sumisión y domesticidad. Esta moralidad estricta apartó a las mujeres de su dimensión espiritual profunda, reduciendo lo sagrado a un espacio ritualista y externo, desvinculado de la experiencia corporal y vivida.
La espiritualidad femenina, tradicionalmente vinculada al cuerpo, la sensualidad y los ciclos naturales, fue desplazada y calificada como profana, impura o incluso peligrosa. Lo sagrado femenino quedó así exiliado a la sombra, y la expresión auténtica de la mujer fue limitada por narrativas sociales que buscaban controlarla.
Temas tabúes: menstruación y virginidad Se impusieron reglas que invisibilizaron experiencias centrales del cuerpo femenino. El embarazo, por ejemplo, fue transformado en una etapa de reclusión: se esperaba que las mujeres permanecieran ocultas, alejadas de la vida pública. Esta exclusión respondía a una visión que consideraba inapropiado mostrar los procesos naturales del cuerpo.
La menstruación también fue objeto de numerosos tabúes. Se difundieron creencias que la asociaban con la suciedad o la debilidad, alimentando el silencio y la vergüenza. Mitos como la idea de que lavarse el cabello durante el ciclo podía interrumpirlo, o que beber té con limón afectaba el sangrado, contribuyeron a ocultar el poder y la sabiduría implícitos en la naturaleza cíclica de la mujer.
La virginidad, por su parte, se erigió como un valor socialmente vigilado
Y la menopausia, lejos de ser reconocida como una etapa de plenitud y transformación, fue retratada como el final de la sexualidad femenina. Se promovió la idea de que, una vez extinguida la capacidad reproductiva, la mujer ya no tenía deseo ni valor erótico, negando así su vitalidad y poder interior.
La buena noticia es que muchas mujeres, en los últimos años, han comenzado a despojarse de mitos y mandatos provenientes de patrones instalados de generación en generación.
Con coraje y sensibilidad, están retornando a su naturaleza cíclica con libertad. Círculos de mujeres, talleres, jornadas y retiros ofrecen hoy múltiples posibilidades para profundizar en este camino.
En realidad, los celos no nacen del amor, sino del miedo: miedo a perder, a no ser elegidos, a no ser suficientes. Detrás de esa sombra, se despierta el lado más posesivo del ser humano.
A menudo, los celos se confunden con demostraciones de afecto. Muchas personas los interpretan como señales de interés o de amor: “Si no siente celos, no le importo”. Sin embargo, como explica la Lic. Elizabeth Schulz, psicóloga y sexóloga clínica y educativa, “los celos no son algo normal ni saludable en una relación; son un intento de control que erosiona la autoestima y la autonomía, transformando el vínculo en una competencia dañina”.
El mito del “amor celoso”
A lo largo de la historia, los celos han sido protagonistas de mitos, tragedias y poemas. Desde Hera, la diosa griega que celaba a Zeus, hasta las divinidades hindúes que encarnan el deseo y la posesión, los relatos humanos han perpetuado la idea de que el amor implica exclusividad y control.
Pero llegó el momento de desmitificar esa creencia. Los celos no son una prueba de amor: son una señal de inseguridad y de desconfianza.
Frases como “un poquito de celos está bien” o “son una muestra de amor” sostienen un paradigma que necesitamos transformar. El amor sano no se mide en la cantidad de celos, sino en la calidad de la confianza.
Amores líquidos en tiempos de redes
En la era digital, los vínculos amorosos se multiplican a la velocidad de un click. Las redes sociales abren infinitas puertas al contacto, desde un "Me gusta" hasta una charla íntima, lo que pone a prueba la confianza en la pareja.
En este contexto, el “contrato vincular” cobra una importancia central: no todas las relaciones se basan en la monogamia tradicional. Hoy, "muchas personas eligen el poliamor, práctica que permite mantener vínculos afectivos o sexuales con más de una persona, siempre con el consentimiento y conocimiento de todos los involucrados", explica la Lic. Schulz, presidenta de la Federación Sexológica Argentina y directora de la Jornada Carmenta.
"A diferencia de la monogamia, el poliamor no busca la exclusividad, sino la transparencia y la comunicación asertiva. En cualquier formato, la clave es el acuerdo consciente y respetuoso", agrega la especialista.
Celos: una alarma interior
Schulz invita a reflexionar cuando los celos dominan las emociones y rompen el equilibrio del vínculo: “Reconocer que los celos no son una señal de amor, sino un alerta de un vínculo que puede volverse venenoso. Desmitificar esta creencia nos permite fomentar relaciones más sanas, basadas en el respeto mutuo”.
El verdadero amor no controla ni retiene. No necesita poseer para sentirse seguro. Ama porque es libre, y en esa libertad encuentra su mayor belleza. Pedir ayuda profesional es un acto de amor propio. Un psicólogo o psicóloga puede guiar en el fortalecimiento de la autoestima, la autonomía y la confianza, pilares de toda relación libre y amorosa.
* Adriana Sandro es Psicóloga UBA y Periodista en Telefe Noticias. Especialista en Trastornos de la alimentación y Sexología clínica - MN 53315