La exposición a luz artificial durante la noche, incluso de televisores con bajo brillo, afecta la producción de melatonina, la hormona responsable de regular el sueño. Esto provoca que el cerebro reciba señales contradictorias, manteniendo al sistema nervioso en estado de alerta y dificultando un descanso profundo.
Estudios poblacionales realizados por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos muestran que dormir con luz artificial encendida puede estar asociado con ganancia de peso. La falta de sueño reparador altera la secreción de hormonas relacionadas con el apetito, como leptina y grelina, lo que incrementa la ingesta calórica y aumenta el riesgo de sobrepeso u obesidad.
La luz durante la noche también impacta en la salud mental. La interrupción de los ciclos circadianos está vinculada con trastornos del estado de ánimo, incluyendo ansiedad y depresión, según investigaciones médicas. El sueño fragmentado genera fatiga, disminución de la concentración y menor rendimiento diario.
Los especialistas recomiendan que el dormitorio sea un espacio exclusivo para dormir, libre de pantallas y luz artificial. Algunas medidas prácticas incluyen:
Mantener la habitación oscura y silenciosa.
Apagar televisores y dispositivos electrónicos al menos una hora antes de dormir.
Usar cortinas blackout para bloquear la luz exterior.
En caso de necesitar sonido de fondo, optar por ruido blanco o música relajante, evitando pantallas luminosas.
La evidencia científica indica que dormir en oscuridad permite al cerebro liberar melatonina, favorece la recuperación física, regula el metabolismo y mejora la calidad del sueño. La exposición a luz artificial prolongada durante la noche mantiene al organismo en alerta, con riesgo de insomnio, cansancio acumulado y problemas metabólicos.
Los hallazgos respaldan la necesidad de ajustar hábitos nocturnos. No se trata de eliminar el uso de pantallas, sino de programar su desconexión para asegurar un descanso reparador y proteger la salud física y emocional.