La frescura de los huevos es fundamental tanto para la cocina como para la seguridad alimentaria. Existe un método casero muy popular que permite comprobar su estado sin necesidad de abrirlos: la prueba de flotación.
El procedimiento es simple: se coloca el huevo en un recipiente con agua y se observa la posición que adopta.
Fresco: se hunde y queda acostado en el fondo.
De una semana: se hunde, pero permanece ligeramente inclinado.
De 2 a 3 semanas: se mantiene de pie en el fondo.
Muy viejo: flota en la superficie, lo que indica que no es apto para el consumo.
Este fenómeno ocurre porque la cáscara del huevo es porosa y, con el paso del tiempo, permite el ingreso de aire. Cuanto más aire acumula, mayor es su flotabilidad, lo que explica por qué los huevos viejos tienden a flotar.
Además de este truco, se recomienda observar el huevo al abrirlo: una yema redondeada y clara firme son señales de frescura, mientras que una clara muy líquida y una yema plana indican que el huevo está pasado.
Para garantizar la seguridad, los especialistas aconsejan almacenarlos en la heladera a 4 °C o menos y consumirlos preferentemente dentro de las tres semanas posteriores a la compra.
La prueba de flotación se mantiene como una curiosidad práctica y confiable, ideal para quienes buscan cuidar la calidad de los alimentos en su mesa.